Mi experiencia como voluntaria en Haití

Mi experiencia como voluntaria en Haití

Quiero contaros mi experiencia de este verano trabajando como voluntaria en la Asociación Flores de Kiskeya (FKYA) en una de las zonas más pobres de Haití, Anse à Pitre, pero sobre todo intentar explicaros lo que ha significado para mí.

Flores de Kiskeya es una Asociación relativamente joven, que nace para ayudar física, psicológica y emocionalmente a las adolescentes y mujeres más vulnerables y sus bebés. Adelantaros que aunque ya llevo casi 15 días en España todavía me cuesta hablar de todo lo vivido.

Anse à Pitre está localizada en la parte sur de Haití, frontera con República Dominicana. Las difíciles condiciones de vida y seguridad en esta zona del país, obligan a los voluntarios de las diferentes Asociaciones y ONG’s que colaboran en la zona que no se pernocte allí y que se cruce la frontera antes de las 17:00h local.

Pedernales ha sido la localidad en la que hemos pernoctado y pasado las horas que no estábamos en el camp, una ciudad fronteriza perteneciente a República Dominicana, a unas 7 horas de viaje de Santo Domingo y que todas las mañanas abandonábamos para cruzar la frontera hacia Haití.

No sé si esto os ha pasado en alguna ocasión si alguna de vosotras habéis practicado voluntariado, pero lo cierto es que a mí me cuesta hablar de ello y no tengo demasiado clara la razón. Si hablo con compañeras voluntarias todo fluye, pero transmitirlo a familiares y amigos no soy demasiado capaz, voy contando cositas con cuenta gotas y siempre quedándome con la duda de si transmito realmente lo que he vivido y sentido, quizá sea por eso que prefiero guardarlo para mí.

Estando allí, he sido consciente de la cantidad de personas que dedican su tiempo libre ayudando a los demás. He coincidido con personas de diferentes ONG´s que desarrollan proyectos super necesarios en la zona. Personas implicadas con la acción social que repiten todos los años con el afán de poner su granito de arena en mejorar lo que se pueda, médicos, ingenieros, arquitectos…

No voy a profundizar contando calamidades, que las hay y que en nuestra sociedad actual son inimaginables, no es la idea en estos momentos, hoy solo quiero hablaros de mis emociones y sentimientos, de lo que me traigo y de lo que dejo allí.

Irme a Haití a ayudar era una asignatura pendiente que tenía conmigo misma desde el terremoto del año 2010 y que en aquella ocasión me fue imposible realizar. Poco a poco esto se fue convirtiendo en un sueño y una necesidad el poder llevarlo a cabo y por fin este año he podido hacerlo realidad.

En mi caso, la ilusión, una promesa personal, las ganas de ayudar y de conocer el proyecto en terreno, ver, sentir, poder abrazar a todas esas mamás, bebés y niños necesitados de tanto cariño que hasta ahora sólo ponía cara por foto y tratar de poner en marcha algún taller que en el futuro pudiera ayudarles a salir adelante, superaba con creces las dificultades con las que me pudiera encontrar en Haití.

Considero que lo vivido en Haití es mucho más que una experiencia, para mí ha sido una lección de vida y eso es lo que me traigo.

Hemos desarrollado actividades en el campamento todos los días de lunes a sábado de 9:00h a 17:00h. Los domingos los dedicábamos a hacer alguna excursión por la zona con los voluntarios Haitianos.

Llegar al campamento todas las mañanas y sentir con el cariño que te reciben las mamás, los abrazos de los niños, lo contentos que se ponen de verte… resulta emocionante y te deja fuera de juego, no es fácil reponerse a esas muestras de cariño cuando sabes lo difícil que es para ellos vivir, ¡¡no tienen nada y te dan tanto!!

El primer día que llegas a FKYA en terreno y ves materializado el proyecto por el que te has interesado es cuando te das cuenta de la importancia del mismo, de lo que falta por hacer, de la ayuda que se necesita, de lo que hay que seguir trabajando desde España y del valor y coraje de los que están allí al frente de todo, con pocas comodidades y luchando todos los días.

Está claro que la perspectiva, el análisis y la manera de ver las cosas no es lo mismo con 25 años que con 50 cuando te vas de voluntaria. Con esta edad ya se ha vivido mucho y enfrentarte a esta experiencia en este momento de la vida es de lo más enriquecedora en todos los sentidos.

Hasta los más fuertes necesitan apoyo, en Haití mi máximo y mejor apoyo ha sido la voluntaria más jovencita, Chía – Lucía García, un amor de niña con las ideas súper claras. Ha sido increíble la cantidad de conversaciones que hemos mantenido de todo tipo, trabajo, vida, familia… me dejó un vacío increíble el día que se fue, volvió a España antes que yo. En esos momentos empecé a añorar muchísimo a mi familia, como nunca antes me había pasado. Emociones a flor de piel desde el principio hasta el final.

Según han ido pasando los días desde mi vuelta, se han ido generando en mí sentimientos contradictorios:

• Por un lado me siento contenta y satisfecha porque hemos conseguido que los voluntarios haitianos, las mamás y sus niños pasen un verano diferente, hemos llevado un poquito de alegría y revuelo a sus vidas.

• Por otro lado siento una inmensa tristeza porque imagino que para ellos no ha tenido que ser nada fácil quedarse de repente sin el ajetreo de todos los días en el camp, sin nosotros, sin los bailes, sin las clases, sin las comidas de todos juntos, sin las excursiones…

“ Los blancos” como ellos nos llaman vamos regresando poco a poco a nuestras vidas… pero ellos se quedan y seguirán viviendo en la más absoluta miseria, sin luz, ni agua, ni comida… la poquita esperanza que nuestra visita les genera se esfuma del todo en el momento que nos
vamos.

….Y entonces es cuando me surge la duda y me pregunto si es mejor ir e ilusionarlos para luego desesperanzarles cuando nos vamos, o no ir para evitarles el sufrimiento de la despedida y su vuelta a la realidad…

By Carmen

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